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Gabriela Martínez / Corresponsal
Tijuana.— Tras un mes de travesía desde Honduras, ayer llegaron a Tijuana, Baja California, nueve autobuses con casi 400 migrantes centroamericanos que forman parte de la primera caravana que busca pedir asilo al gobierno de Estados Unidos.
Ayer, decenas de manos colgaban de las ventanas de las nueve unidades en las que arribaron los casi 400 migrantes a Tijuana; las sacaban y alzaban como queriendo abrazar el aire. Otros con la cara detrás del cristal le regalaban una sonrisa a la ciudad que nació de migrantes y, mientras ondeaban la bandera de Honduras, decenas gritaban: ¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo!
Tijuana.— Tras un mes de travesía desde Honduras, ayer llegaron a Tijuana, Baja California, nueve autobuses con casi 400 migrantes centroamericanos que forman parte de la primera caravana que busca pedir asilo al gobierno de Estados Unidos.
Ayer, decenas de manos colgaban de las ventanas de las nueve unidades en las que arribaron los casi 400 migrantes a Tijuana; las sacaban y alzaban como queriendo abrazar el aire. Otros con la cara detrás del cristal le regalaban una sonrisa a la ciudad que nació de migrantes y, mientras ondeaban la bandera de Honduras, decenas gritaban: ¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo!
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Se trató del primer gran grupo en llegar: 357 migrantes en total. Sólo otro grupo de 84 los antecedió con miembros de la comunidad Lésbico, Gay, Bisexual, Transgénero y Transexual (LGBTT). Ahora se trató de hombres y algunas pocas mujeres y niños, principalmente de Honduras, pero también de Guatemala, El Salvador y Nicaragua.
Todos llegaron a donde, dicen sus propios residentes, inicia y termina la patria de México, en la frontera de Tijuana. Fueron escoltados desde las casetas de cobro de la carretera de cuota por policías federales y personal del Instituto Nacional de Migración (INM), quienes los acompañaron hasta su primera parada en el desayunador Salesiano Padre Chava, que diariamente brinda entre mil y mil 200 alimentos a personas en condición de calle.
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“No alcanzamos refugio”, contó la mamá de Miguel, una joven de no más de 30 años que prefiere no dar su nombre, pero que cuenta que tiene poco más de un mes en medio de este viaje que ya no hallaba cuándo iba a terminar,
Mientras Miguel y su madre buscan desesperadamente un baño, otros grupos piden información para saber a dónde ir. Casi por unanimidad la mayoría decide caminar más de cinco kilómetros para dirigirse a Playas de Tijuana.
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En su travesía de más de 30 días perdió peso. Dice que nunca había llevado una dieta tan sana: pan y agua. “Estaba flaquito, pero ahora estoy más”, dice.
Parte junto con otros cientos al mar; llegan antes de que se esconda el sol, y ahí unos remojan los pies dentro del mar que nunca antes habían visto.
Mientras los niños juegan, otros —los más arreciados— trepan en minutos la muralla oxidada del gobierno de Estados Unidos, ante la mirada de los oficiales de la Patrulla Fronteriza que custodian la zona.
“No somos delincuentes”, alcanzó a decir uno de los jóvenes frente a los agentes estadounidenses.
El Universal




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